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Spaces~ Bill/Tom - Oneshot (PG-13)

Resumen: Tom vive desde pequeño en un viejo faro perdido en mitad del océano. Una noche recibe una visita inesperada que cambiará todo su mundo.

 (Gracias a Haru por la chispa necesaria)





De pequeño, Tom vivía en un castillo circular.

Era un reino solitario el suyo, pero en su centro se levantaba un gran Torreón  azotado por los vientos. A veces, cuando su padre bajaba a recoger algunas redes que había dejado enganchadas a la orilla, subía la escalera de caracol y llegaba a la cumbre de su elevada fortaleza. Desde allí,  poniéndose de puntillas, divisaba todos sus dominios: la roca, el mar y el cielo.

La sombra de su padre faenando con las redes era diminuta en comparación a su reino. No era un hombre muy hablador, sin embargo sus manos de bronce  eran las únicas capaces de hacer brillar el gran diamante que coronaba la Torre. Cuando el sol se hundía en el mar, enfriándose lentamente, su padre activaba el fuego interior de aquellas mil facetas de cristal para que los marineros no echarán de menos la luz del día. Era el guardián de la luz, su padre.

La vida en la isla era muy dura: la comida escaseaba , pues sólo llegaba una barca cada dos semanas para llevarles  lo imprescindible. En invierno traían algo de ropa de abrigo y algunas mantas, además de libros de lectura básica y cuadernillos de ortografía. Si había suerte, un par de tabletas de chocolate.

Para Tom estas visitas eran un acontecimiento, la única ocasión que tenía de ver a alguien más. Muchas mañanas se levantaba pensando que su padre y él eran los únicos habitantes de la tierra, pero si la furia del oleaje y las nubes de tormenta que abrumaban el cielo lo permitían, la barquita de provisiones le recordaba que había todo un universo más allá de la isla, uno que su fantasía dibujaba de colores imposibles.

Pasaba las horas llenando de ensoñaciones cada rincón. Buscaba en viejos mapas, deslizando la punta del dedo sobre las letras y leyendo a trompicones los nombres de países remotos, saboreándolos como si fueran caramelos.

También le gustaba subir al pico del diamante, sobre todo las noches de verano, a contemplar la inmensidad del cielo estrellado. Levantaba la mano y jugaba a atrapar esas bolitas de luz fría y lejana, soñando que quizás, allí arriba, habría alguien tan solitario como él; alguien que en ese mismo momento lo estaría mirando como un reflejo inalcanzable. Ese pensamiento lo arrullaba hasta que se quedaba dormido.

A medida que crecía, su reino le parecía cada vez más y más pequeño, y la piedra negra de la isla cada vez más odiosa.  Los años habían agotado la niñez y el hechizo se había roto: La Torre coronada de diamante se había transformado en la triste lámpara de un faro, y su padre ya no era el guardián de la luz, si no un pobre diablo taciturno que lo había condenado al destierro.

Una noche de tormenta subió a la cima del faro. El mar se levantaba en olas  monstruosas, como si una bestia submarina se hubiese aliado con el vendaval y agitase sus tentáculos para adueñarse del océano. Se subió al borde de la balconada y cerró los ojos, dejándose llevar por el terrorífico silbar del viento que lo empujaba en todas direcciones. Levantó un pie en el aire, coqueteando con el abismo. Se sentía perdido, ansioso de vivir o de morir, de cualquier emoción que le diera sentido a lo que ya no lo tenía. Embriagado por la tormenta, la humanidad le parecía una masa sin rostro, absurda y lejana. Por esos seres que le atraían y a los que detestaba con todas sus fuerzas tenían que estar allí, vigilantes del mar, cuidando de sus vidas en las noches negras del Cabo. Malditos fueran.

De pronto, un intenso resplandor rompió la noche en pedazos . Un objeto inmenso cayó al mar con un con un estruendo que hizo temblar el suelo bajo sus pies. Sin dudar ni un momento, Tom bajó a saltos las escaleras de caracol y corrió hacia el acantilado que bordeaba la isla. No quiso despertar a su padre, que yacía enfermo hacía semanas. Ayudado por la luz del faro, vio como una gran bola de metal se hundía lentamente, mientras alguien chapoteaba a su lado luchando por sobrevivir. Se lanzó al agua negra y embravecida, y después de pelear contra las olas que intentaban arrastrarlo hacia el fondo, logró sacar el cuerpo desvanecido.

Una vez hubo recuperado el aliento, pudo ver con mayor claridad aquel hermoso ser que había rescatado. Su piel era parecida al nácar de las conchas marinas, tenía la cabeza completamente desnuda –Tom pensó que el cabello rapado sería la costumbre de alguna cultura extranjera–un cuello interminable y unas manos largas y delicadas. No sabía si era un chico o una chica —tampoco tenía demasiada experiencia para comparar— pero eso no le importaba.

“Quizás ha caído de alguna estrella’’, pensó.

Lo tomó en brazos y se sorprendió de lo ligero que era; fue muy fácil llevarlo al interior del faro y tumbarlo en su propia cama. Cuando se dio cuenta que en realidad no llevaba ropa, que era su propia piel la que lo recubría de un manto suave y resistente, se puso tan nervioso que no supo qué hacer. Lo contempló en silencio, fascinado por su extraña belleza. Dibujó el contorno de su cuerpo sin apenas tocarlo, del mismo modo que subrayaba las palabras cuando leía. Un fuerte magnetismo le hizo cosquillas en la punta de los dedos, provocando cálidos escalofríos en su vientre. Se sentía confuso, hipnotizado por el brillo iridiscente  que desprendían sus labios, sus párpados cerrados. Ya estaba a punto de avisar a su padre, cuando aquel ser abrió los ojos. Tom literalmente se olvidó de cómo respirar.

—Hola, soy Tom –le dijo cuando consiguió recuperar la voz. Aquella belleza lo miro con sus enormes ojos almendrados de color oro y no puedo seguir hablando. Se incorporó de la cama casi como si flotara. No parecía extrañado de despertar en aquel pobre faro, lo miraba todo sin emitir ningún sonido… Sin embargo la  finísima aura luminosa que lo rodeaba estaba llena de vida, se ondulaba en distintos colores y trasmitían una ternura tan intensa que atravesó a Tom de parte a parte. Sus labios no sonreían, todo su cuerpo lo hacía.

Se acercó a él sin apenas tocar el suelo. Sus ojos condensaban la luz de todas las galaxias que había contemplado de pequeño, y cuando acercó la mano a su largo cabello suelto apenas pudo contener un jadeo. Un placer inesperado recorrió su columna: Lo había tocado, y su pelo se elevó disparado en todas direcciones, como si le hubiesen dado un golpe de corriente eléctrica . Tom se rió con una mezcla de sensaciones que lo desbordaban.

– ¿Quién eres? – le preguntó, pero su única respuesta fue acercarse a un poco más y envolverlo en un abrazo. La ondulación de su energía se hizo más intensa, y una suave luz rosada los rodeo en una burbuja de intimidad. Tom sintió la ingravidez rodeando su cuerpo,  y el vacío que había estado a punto de devorarlo se fue llenando suavemente de esa luz. Una vía de comunicación sin palabras se había abierto entre ellos, un cauce de sentimientos que viajaban de un corazón a otro sin  toscos alfabetos, sin malentendidos, con la limpieza y la inmediatez de la conexión más pura. Hablaron de la soledad, de la espera en lugares remotos, del deseo , de la necesidad de sentirse completos, de la dicha de haberse encontrado. Todo era tan sencillo que no había dudas posibles, ni siquiera preguntas.

Al abrir los ojos de nuevo, Tom estaba en lo más alto del faro. Aturdido, igual que si hubiera salido de un largo sueño, miró a su alrededor… pero aquel bello ser había desaparecido. Tenía el recuerdo de una franja de luz que atravesó las nubes de tormenta y de una vaga despedida, pero la imagen tenía la consistencia en un sueño. El mar seguía embravecido y los rayos se recortaban en el cielo. Comenzó a llover. Tom levantó el rostro a la lluvia, saboreando las gotas de agua fresca que caían en su boca . Respiró profundo el aire cargado de electricidad y contempló desde lo alto de su atalaya la magnitud de la noche, la belleza salvaje del mar.  Se sintió real, vivo, parte de la roca y de las estrellas.

Era el guardián del diamante , aquel que velaba por la seguridad y la vida de las personas que, aunque no conocía, eran tan valiosa como la suya .

Había recuperado la magia y sabía –porque lo sabía en el fondo de sí mismo– que no estaba solo, que nunca lo estaría.

Un trocito de universo había caído en sus brazos para recordárselo.