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Este es el resultado de un intercambio que organizó el Grupo de Autores, y del que me alegro haber formado parte. Gumii me puso en la tesitura de escribir furry, algo totalmente nuevo para mí. Al principio me sentía insegura, pero gracias a (las muy pacientes) Haru jeadore_a y Flor <3 fui atando cabos y llevando el kink a mi terreno.

Quisiera agradecer muy especialmente a Haru, con la que comparto pasión por la mitología entre otras muchas cosas, y que me regaló la imagen que ha sido mi inspiración.




Billieas, un joven ateniense, es llevado a Creta para convertirse en una ofrenda para el Dios Oscuro que habita en el laberinto.

Sabía que su padre construyó el palacio utilizando un hacha de doble filo. En el lugar donde ahora se levanta sólo había tinieblas y a su alrededor reinaba el caos. Con ayuda de su instrumento fue tallando las sombras, recortando los pasadizos circulares, los arcos y las puertas a la misma oscuridad.
Antes de dormir intenta recordar la voz de la reina, su madre. Su desgarradora tristeza. No tenía más memoria del pasado que esa voz y las historias que ella le contaba.
“Lo hizo para ti”, le había dicho, como quien da un regalo. Pero esa noche ella se disolvió en el tiempo. Ahora su universo era el palacio.
                                                     *
El sonido de las trompetas del templo lo estremeció. Había llegado la hora, pronto vendrían a buscarlo. Se abrazó  sí mismo, pues nadie más podía darle consuelo. Fueron sus padres los que lo habían consagrado para la gran ofrenda, y debía considerarlo un honor. La dignidad de un ateniense no permitía lágrimas ni lamentos, y era por la libertad de Atenas que debía aceptar el mandato de los dioses con perfecta obediencia.
Escuchó a lo lejos el sonido de las armaduras de los soldados y los vítores del pueblo a su paso. Reían y lanzaban flores frente a sus espadas, felices de no ser ellos los que tuvieran que sacrificarse para cumplir la cuota de sangre que exigía Minos después de perder la guerra. Quizás en la próxima cosecha los mismos que ahora reían tendrían que apretar los dientes y tragarse sus lágrimas, pero no importaba: hoy no eran sus hijos los que tenían que caminar hacia el lejano templo cretense para ser purificados.
Cuando llegaron los soldados a su puerta y dijeron su nombre“¿dónde se encuentra Billeas, el elegido?”buscó a su familia con la mirada, suplicando lo imposible. Fue inútil.  Lo arrancaron de su casa custodiado por el filo de cuatro espadas, luchando por no llorar.
                                                            *
El palacio debía ser infinito. Aunque había pasado toda la vida entre sus muros nunca había llegado al final del último pasadizo, si es que existía. Los pasillos se bifurcaban, giraban sobre sí mismos como espirales imperfectas, senderos y galerías formaban retorcidos dibujos que sólo él conocía. El palacio es un laberinto de espejos, una guarida y una trampa.
El tiempo tampoco parecía tener fin dentro de su casa. A través de una gran cúpula de cristal veía morir el sol y nacer las constelaciones, pero poco le importaba. Al llegar la cuarta estación, un reloj de arena marcaba el momento de que un visitante del mundo exterior entrara a  jugar en sus dominios. ¿Cómo sería esta vez? ¿Sería él?
Los últimos granos de arena estaban a punto de caer. Se sentía expectante.
                                                                  *
Las velas rojas del navío indicaban a todos los barcos que en su interior viajaba la ofrenda para el gran Dios oscuro. Billeas permanecía encadenado con todos los honores en la bodega. Le dieron fruta y vino, pero apenas pudo probar bocado. En sus 17 años de vida había recibido la refinada educación de los señores de Atenas: dominaba el arco, podía recitar a poetas y filósofos clásicos, sabía de astronomía, música y danza… sin embargo nada de lo que había aprendido le servía para escapar de su destino. Deseo con todas sus fuerzas que una tormenta arrasara el barco, que el mar se lo tragara antes de llegar a las costas de Creta, pero los Dioses fueron crueles.
Al llegar a puerto, una multitud ataviada de brillantes colores esperaba al elegido. Cuando al fin apareció en la pasarela, un murmullo de admiración llenó todas las bocas.
¡Es hermoso!
¡Su cabello son hilos de oro!
¡El gran Dios estará complacido!
Todos querían tocarlo, ponerle collares de flores rojas en el cuello. Las mujeres, con los pechos desnudos al estilo cretense, querían una mirada o un mechón de su pelo para guardar como talismán. Todos estaban de acuerdo: gracias a semejante ofrenda, el  Dios oscuro  quedaría saciado, llenando su tierra de prosperidad.
                                                                   *
Hace muchas estaciones, jugaba a descargar su rabia estrellando su cabeza contra las paredes hasta sangrar. La marca de sus cuernos era visible y la sangre de sus heridas ya del color de la herrumbre formaba grotescos dibujos en la piedra.
Era un tiempo de inocencia para  el Principe Minotauro.
Ahora camina por los estrechos corredores del palacio, observando la huella del tiempo en ellos. Aquí un arco, allí una puerta cegada, cerca de aquella esquina el cadáver carcomido de su última visita. Había durado muy poco, y lo pensó con lástima. Recordó la elasticidad de su corazón al arrancar sus pedazos con los dientes. Aún palpitaba.
Al menos, jugar a patear su cabeza por los corredores había sido divertido.
                                                                   *
El ritual comenzaba en la sala de abluciones del templo de las Hachas. Diez doncellas consagradas caminaban en silencio sobre las baldosas de plata; unas encendían los pebeteros, otras acompañaban al joven hacia el altar que presidía la estancia. Una vez allí lo despojaron de su túnica. El humo del incienso espesaba el aire y ardía en los pulmones con cada respiración. Se sentía perdido, abandonado por los mismos Dioses que debía honrar.
Las grandes puertas se abrieron para dejar entrar al sumo sacerdote.  Llevaba el rostro cubierto por una máscara de oro que representaba la cabeza de un toro. Se acercó despacio al joven, observando su cuerpo desnudo con una sonrisa de falsa piedad.
—Bienvenido, Billeas. Siéntete honrado de estar aquí —Su voz baja y sibilina lo hizo temblar. En este sagrado templo vamos a prepararte para ser una digna ofrenda. El ser que acecha en la oscuridad te espera.
A su señal, dos de las doncellas lo llevaron hacia un reclinatorio elevado. Lo colocaron boca abajo, con sólo el estómago apoyado sobre la estrecha superficie. El torso y los brazos caían hacia adelante, el trasero se levantaba. Allí lo dejaron, intentando mantener el equilibrio en aquella difícil posición durante un tiempo que no supo precisar. Cuando creía que el dolor de los músculos y la vergüenza ya no eran soportables, unos dedos bruscos lo abrieron, demostrando que aquello no había hecho más que empezar.
Ahh Billeas se sacudió ante la intromisión. Podía sentir la mirada del sacerdote enroscándose en su cuerpo como una serpiente.
—Es el ritual de purificación —aclaró con edulcorada benevolencia, mientras sus dedos profundizaban en su interior— La ofrenda debe ser inmaculada —El hombre sonrió cuando alcanzó un punto que hizo al joven tensarse y jadear aun en contra de su voluntad. Dio una palmada en sus nalgas con malicia y se dirigió a las doncellas, que aguardaban sus órdenes. Los dioses están conformes. Puede pasar al baño.
Ellas lo ayudaron a incorporarse, las piernas le fallaban. Dos de las doncellas lo sostuvieron y lo guiaron hasta una piscina cuadrada en el centro de la sala. Las demás fueron vertiendo odres de agua tibia  en su interior; luego la perfumaron con aceite de azucena, símbolo de gracia y virginidad.
Billeas cerró los ojos a sentir las  delicadas manos de las sacerdotisas en su pelo, sobre su cuerpo. No lo dejaron tocarse a sí mismo en ningún momento. Con navajas de media luna lo depilaron por completo, según la costumbre; por último lavaron su largo cabello rubio entre suspiros de admiración. Los jóvenes griegos solían ser morenos y de piel tostada, por eso ese muchacho pálido y dorado era una ofrenda tan excepcional.
Al salir del baño lo secaron, ungieron su piel de perfumes y cubrieron su cuerpo desnudo con polvos de oro y madreperla. Una de las doncellas más jóvenes dibujó dos largas líneas negras en el filo de sus párpados, completando el maquillaje con oro líquido También eran de oro las tobilleras, el ceñidor y la fina cinta que cruzaba su frente.
El sumo sacerdote, oculto tras su máscara, observaba cada movimiento al otro lado de la sala. No podía apartar los ojos del muchacho: parecía un ídolo egipcio, radiante de belleza. Se relamía pensando en cuan dulce sería follárselo hasta hacerle gritar. Cuando al fin le colocaron la fina túnica que llevaría, caminó hacia él con aire majestuoso.
Dejadnos solos ordeno, haciendo un gesto de desdén con la mano. Las doncellas desaparecieron ordenadamente tras la puerta y cerraron tras de sí. Billeas percibía su mirada como una lengua babosa sobre su cuerpo.  Ya sabes lo que eres y cuál es tu destino, ¿no es cierto?
Sólo sé que mi patria tiene una deuda de guerra con Creta, y que uno de los tributos es presentar a un joven cada año para ser ofrecido a sus Dioses respondió.
Todo eso es cierto, salvo que sólo hay un Dios en esta isla el sumo sacerdote lo iba rodeando, sin dejar de mirarlo—, y a él deberás entregarte. Cuando traspases las puertas de bronce nadie más que tú sabrá lo que ocurra. Lo único que te puedo decir es que todo aquel que entró en el laberinto  no ha vuelto a salir. Posiblemente encuentres el paraíso en su interior… o quizás el más aterrador de los infiernos susurró en su oído, sonriendo de lado cuando las manos del muchacho empezaron a temblar—. Claro que…eso podría cambiar.
¿Cómo sería ello posible?  Billeas lo miró sorprendido, intentando escudriñar su rostro bajo la máscara de toro.
Podrías esconderte aquí, en el templo. Yo buscaría algún otro candidato para ocupar tu lugar llegado el momento .Su voz retumbaba bajo la pieza de oro, intimidante—Yo mismo me encargaría de ti, ¿comprendes? —Una de las largas y nauseabundas uñas del sacerdote rozó su sexo, dejando claras sus intenciones. Vivirías para complacer mis deseos como esclavo personal… pero vivirías.
Billeas apretó los puños. Era tal el rechazo que sentía ante aquel hombre indigno y repulsivo, que su mente se nubló a cualquier razonamiento.
Soy un hombre libre, y si los dioses han decidido que visite el infierno, lo haré como hombre libre —declaró, tragándose el miedo
—¿Estás seguro? Una fría amenaza estaba implícita en la pregunta.
Lo estoy.
Entonces… ¡tú lo has querido! —chilló— ¡Guardias! Carguen de cadenas a este mal agradecido y que aguarde en la sala de ceremonias —. Al instante, el joven se vio rodeado de soldados que lo “escoltaron” a la salida… pero antes, el hombre de la máscara se acercó al oído de Billeas, vertiendo en él un par de palabras envenenadas—: Te arrepentirás.
                                                                 *
Su palacio es todo el universo conocido. Le gustaba pensar que, más allá de la cúpula de cristal, las estrellas y los Dioses lo contemplaban. Abajo, entre los muros de su universo, sólo su reflejo le devolvía la mirada. A veces, cuando la luna menguaba, deambulaba por los corredores hasta encontrar le era natural que el laberinto se alterara según sus deseos el pasadizo de espejos.
Sabía que era alto en proporción a sus visitantes, y fuerte, pues éstos se rompían entre sus manos con demasiada facilidad. Al principio creía que las muecas que hacían los humanos al encontrarse con él eran de alegría, igual que él se regocijaba de tener compañía después de tanta soledad. Luego entendió que sus ojos y sus bocas eran de espanto.
En el pasadizo veía su reflejo multiplicado hasta el infinito. Una vez, dos, un millón. Los números no significaban nada para él, pero miraba al príncipe del otro lado del cristal e intentaba tocar su largo cabello negro, o tirar de su barba. El otro repetía cada movimiento hasta la desesperación. A veces topaba su cabeza contra el cristal, jugando a que peleaban como cachorros en campo abierto, enredando sus cuernos.
Eran espejos que reflejaban otros espejos: Mil príncipes, mil pares de ojos profundos, mil cornamentas afiladas. O infinitas.
Otra forma de esperar a que cayera el último grano de arena del reloj.
                                                          *
Billeas despertó.
Al abrir los ojos no sabía dónde se encontraba.
Lo habían dejado sentado en una alta silla labrada situada en el centro de una habitación vacía. El recuerdo de lo que ocurría lo golpeó sin piedad, y sus dedos se crisparon en el borde del asiento. Estaba mareado, como si tuviera la cabeza flotando en una nube cálida, efervescente. 
Después del baño y el maquillaje lo habían conducido a esa sala, donde un soldado lo encadenó con grilletes de oro. Antes de dejarlo solo le dieron una copa de vino fermentado con miel. Él la tomó ansioso, pues no había bebido ni siquiera agua desde que bajó del barco. No recordaba nada más.
De pronto, las voces y los cánticos de la multitud llegaron hasta él. Había llegado el momento que tanto había temido. Quería gritar, que sus gritos se confundieran con el de la gente que esperaba a la ofrenda: sólo pudo esbozar una lejana sonrisa. Se sentía vacío, dócil y flexible, como si le hubiesen extirpado todas las emociones de cuajo. ¿Qué había en esa copa? Lo único que importaba ya es que su efecto no se desvaneciera demasiado pronto.
                                                             *
Aullidos remotos. El último grano de arena había caído. Era la hora.
                                                             *
El pueblo de Creta se había agolpado alrededor de las inmensas puertas de bronce que eran la entrada al laberinto. Reían y entonaban canciones que mezclaban lo religioso, lo obsceno y lo mágico. Todas las copas estaban a rebosar de vino, el ambiente estaba electrizado de euforia. Una lluvia de flores recibió a Billeas, que caminaba como un autómata, sin darse cuenta realmente lo que ocurría.
El sumo sacerdote, revestido de solemnidad con la máscara de toro, lo esperaba esbozando una sonrisa irónica que nadie pudo adivinar.
Bienvenido a tu destino, elegido murmuró Lástima que un hombre libre como tú vaya a morir encadenado.
Ajenos a todo lo que no fuera su propia diversión, la multitud ovacionó a la hermosa ofrenda. Éste escuchaba sus voces envueltas en un eco lejano, como si flotara a la deriva en el fondo del mar.
Las puertas se abrieron con un crujido a la hora señalada. Billeas atravesó el umbral con la única compañía de una antorcha. La entrada del laberinto tenía la oscuridad profunda de unas fauces abiertas; instintivamente se volvió para buscar la luz… pero lo único que encontró fue al sumo sacerdote. Se había quitado la máscara de oro, dejando al descubierto su rostro deformado y corroído por la lepra. Sólo Billeas pudo ver sus heridas ensangrentadas, nadie en toda Creta conocía su secreto. Que esa imagen fuera la última que  el joven pudiera contemplar bajo la luz del sol fue su retorcido regalo de despedida para él. Con una sonrisa sádica y un dedo en los labios pidiendo un irónico “silencio” a Billeas, dio la orden de cerrar las puertas.
La luz menguaba cada vez más, y cuando los postigos se sellaron con un “Bum” metálico a su espalda, la oscuridad se lo tragó.
                                                            *
El sonido del bronce retumbó por los intrincados pasadizos. El Minotauro  movió su cola con lentitud, preparándose para el encuentro.  Muy pocos habían llegado al corazón del palacio por sí mismos, tendría que esperarlo en algún recodo y sorprenderlo. Eso le gustaba. Deseaba con todas sus fuerzas que esta vez el humano fuera más resistente.
                                                            *
Aferrado a la antorcha,  se quedó parado cerca de la entrada. La oscuridad y el terror lo inmovilizaban, no podía respirar. Los efectos del narcótico iban desapareciendo a través del sudor frío que se mezclaba con el oro de su piel. Aún se sentía rodar por las entrañas de una pesadilla, pero su instinto le decía que debía despertar, que tenía que moverse si quería sobrevivir. La antorcha era como una diminuta luciérnaga en la noche cerrada, más allá de su círculo de luz se ocultaban todos los peligros del laberinto. ¿Y si daba un paso y no había suelo, sino un abismo? Nadie había salido de aquel maldito lugar, cualquier cosa que pudiera imaginar por más terrible que fuera era posible entre aquellas paredes.
Asegurándose primero de donde pisaba dio un paso, luego otro. La antorcha temblaba en su mano. Se le ocurrió que acercarse a una pared le daría al menos  un punto de referencia, así que se dirigió hacia su izquierda, estirando el brazo, tanteando la oscuridad hasta tocar la roca. Se apoyó en ella, suspirando. Los grilletes le hacían daño en las muñecas, y al estar unidos por una cadena, le impedía sostener la antorcha con facilidad. Con ayuda de la llama vio que había algunas criptografías pintadas en la piedra, pero no supo descifrarlas. Siguió adelante, siempre al filo de la pared. Había un Dios esperándolo en algún lugar de aquellas sombras, ¡un Dios!¿Que podría querer de él? La sola idea le llenaba de terror y a la vez de una inconfesable expectación.
Caminaba tan pegado al muro, que uno de los bordes de su túnica se quedó enganchado a uno de los salientes. En su confusión, Billeas tiró de la tela y ésta se rasgó. Eso fue como un detonante en su memoria: en ese momento recordó la leyenda del chico perdido que encontró el camino de vuelta a casa recogiendo conchitas de mar  y dejándolas caer a su paso. Comprendió que la única forma de orientarse en el laberinto era dejando su propia señal. Enrolló y ató al saliente el inicio de uno de las hebras, probando que  al avanzar se estiraba, alargando el hilo mientras se deshacía la trama. Su idea funcionaba.
Así, un poco más confiado, caminó lo que le parecieron kilómetros paso a paso. Era imposible saber dónde se encontraba. Los pasadizos giraban y se convertían en corredores que apenas podía vislumbrar. El laberinto parecía inmenso, inabarcable. Billeas estaba atento a cualquier ruido que pudiera delatar peligro: lo único que escuchaba era el latido  frenético de su propio corazón en los oídos.
De pronto tuvo frío. Un viento helado atravesó los corredores y lo hizo estremecer. Intentaba traspasar la oscuridad con la mirada, pero ésta se reía de sus torpes esfuerzos Algo poderoso y salvaje palpitaba en ella, acechante. Lo notaba, podía presentirlo en su piel, en su vello erizado.
¿E-estás…a-ahí? murmuró, trémulo como la llama que le servía de guía.
Un fuerte resoplido apagó el fuego.
Billeas oyó un grito desgarrador. Sólo unos instantes después se dio cuenta de que había salido de su garganta. Dejó caer al suelo lo que quedaba de la antorcha y estiró ambos brazos, palpando la oscuridad a ciegas, desesperado. Empujaba el vacío con manos temblorosas, buscando algo que no quería encontrar.
De pronto una garra atrapó su muñeca con una fuerza monstruosa. Su pulso se detuvo un instante, las piernas le fallaron. Antes de derrumbarse, aquel ser lo levantó del suelo y se lo echó al hombro. Billeas no tuvo fuerzas para reaccionar, estuvo varias veces a punto del desmayo mientras atravesaban la oscuridad del laberinto. No podía borrar de su memoria la siniestra sonrisa del sumo sacerdote, y sobre todo su amenaza final: “Te arrepentirás” ¿Lo estarían arrastrando hacia un altar de sacrificio? Su mirada captó un poco de luz a lo lejos, estaban llegando. La sola idea lo mareó y tuvo que cerrar los ojos.
                                                            *
Era divertido observar a los humanos entre las sombras. Se veían aún más indefensos, como cachorros que han perdido el olfato. Él podía recorrer el palacio a oscuras sin necesidad de lumbre, sin embargo el sol lo aterraba tanto como lo fascinaba.
Había cargado al visitante hasta el corazón de su casa, bajo la gran cúpula de cristal. Lo bajó del hombro y lo empujó contra la pared, enganchando la cadena que colgaba de sus grilletes en una argolla de acero. Lo husmeó, curioso. Su piel y su cabello eran de oro, olía a frescura, a carne dulce. Lo comparó con el tupido pelo negro que le cubría la cola y las patas, con la salvaje melena que le caía por la espalda. Nunca había visto nada igual, ni siquiera en un humano.
¿Eres un hijo del sol? preguntó, al ver su resplandor. Le arrancó con sus propias manos los restos de túnica que lo cubrían, tirándolos lejos. Necesitaba verlo bien, olfatearlo sin impedimentos. El joven de oro (¿era humano? No estaba seguro) pendía de la cadena, desnudo e inconsciente. Delicioso. Suyo.
                                                              *
Billeas se quejó bajito, aún con los ojos cerrados. Notaba los brazos tirantes por encima de su cabeza, el cuerpo en tensión. Un terror inconsciente le impedía despertar del todo: el letargo era su único refugio contra la realidad.
Sintió una respiración fuerte y caliente chocar contra su boca, en pecho y entre sus piernas. Se revolvió, intentando apartarse, pero estaba inmovilizado. La sorpresa le hizo abrir los ojos: el Señor oscuro estaba frente a él.
No gritó. Se quedó inmóvil, contemplando a aquel ser imponente y extraño. La parte inferior de su cuerpo era de bestia, al igual que sus afilados cuernos, pero el torso y el rostro parecían humanos. Llevaba un quitón[i] con un ancho cinturón de cuero rodeando la cintura, del que colgaba una daga. Lo rodeaba un aura salvaje, feroz. Buscó su mirada, extrañamente perturbado, y él se la devolvió con asombro.
¿Eres un Dios? Balbuceó.
Por toda respuesta, la criatura se abalanzó sobre Billeas y lo giró brutalmente contra la pared, aplastándolo con su cuerpo.
—¡Ah! gimió al sentir su mejilla contra la roca y el aliento de la bestia en su oído.
—Soy el príncipe Minotauro —habló. El joven sintió la voz ronca de aquel ser vibrando en su pecho— No te rompas.
                                                         *
Lo había mirado a los ojos. No había gritado de espanto al verlo. Debía ser un rayo de sol hecho hombre, al igual que él había nacido de un toro blanco llegado de la espuma del mar. Era radiante, distinto. ¿Sería aquel que esperaba? La duda y el deseo se agitaron en su vientre por primera vez. Sólo quería destrozarlo, hacerlo pedazos, empalarlo y acariciarlo hasta conocer sus entrañas. Lo deseaba con una furia capaz de arrasar los cielos y la tierra, aunque sólo en ese cuerpo frágil  que tenía en sus manos podría saciarse.
Lo alzó bruscamente, sosteniéndolo por los muslos. Era tan dulce y tan liviano que, al atravesarlo de un solo golpe de cadera, pensó que se quebraría. Escuchó sus gritos, su voz suplicante, mientras lo penetraba una vez, y otra. Hasta el fondo. Sus lágrimas lo enardecían, soñaba con mezclarlas con el calor de su sangre y luego desgarrar su carne con los dientes, a pedazos. Él era el príncipe Minotauro, y las bestias salvajes no sienten lástima de sí mismos ni se arrepienten de tomar lo que desean. Su calor lo rodeaba, lo volvía incandescente, como si el mismo sol irradiara desde sus huesos. Un aullido de placer atravesó las bóvedas del palacio.
El joven de oro cayó desplomado sobre un charco de sangre.
                                                           *
Lo primero que vio Billeas al despertar fue el cielo estrellado.
Por un instante pensó que había muerto, pero el intenso dolor y las heridas le recordaron que seguía perteneciendo al mundo de los vivos. La crueldad de los Dioses era infinita, puesto que habían decidido alargar su agonía.
Tumbado en el suelo tal como cayó después de lo ocurrido—, contempló las remotas estrellas sobre la cúpula; tan frías, tan ajenas a su sufrimiento.  Había sido un necio por confiar en el destino. Apenas podía moverse. Junto a él, casi al alcance de su mano, había un plato a rebosar de carne especiada, una jarra de agua y otra de vino. Al fondo de la sala circular estaba el Minotauro. Lo observaba atentamente, sentado en su trono de piedra. Sin tocar nada de los alimentos, Billeas se abrazó a sí mismo y cerró los ojos.
                                                                   *
El príncipe pensó que este visitante le duraría más… y no se equivocaba.
Puede que fueran los rayos benéficos que le envió su padre Sol mientras dormía, o quizás alguna revelación nocturna, pero al despertar sus ojos brillaban de un modo más áspero y profundo. Desde su trono, contempló cómo se bebía el agua a grandes sorbos y la forma en que utilizaba el  vino para lavar sus heridas. Lloraba sin hacer ruido, a veces cantaba. Era divertido jugar con él o simplemente observarlo de lejos. Quería quedárselo para siempre.
Una noche ya podía caminar se acercó hasta su cama cubierta de pieles de leopardo. Se hizo un ovillo junto a él y se quedó dormido. El príncipe hubiera esbozado una sonrisa si hubiera sabido cómo.
                                                         *
—Muéstrame tu casa, Minotauro —pidió Billeas. Éste asintió.
Le entregó una antorcha, aunque él no la necesitaba, y caminaron por el laberinto. Sus dimensiones eran gigantescas, nadie en toda una vida podría  recorrer todos sus pasadizos y estancias. Vieron arcaicos dibujos en las paredes, altares de granito. Encontraron cabezas arrancadas como adorno en algunas esquinas, y esqueletos amontonados bajo los arcos. Billeas guardó silencio.
Cada recodo era un misterio. Su diseño era una trampa para quien quisiera entrar, pero también una cárcel de la que no se podía salir. Entendió por algunas inscripciones dejadas en los muros que el Minotauro fue enviado por los dioses como castigo a su madre y al pueblo de Creta, por eso lo mantenían encerrado y aislado del mundo exterior. La soledad y la violencia era todo lo que conocía.
Aquel laberinto, como todo lo siniestro e inabarcable, tenía su propia belleza. Era un hogar y un sepulcro: un reflejo distorsionado de la criatura que lo habitaba.
Ahora también era su propio hogar.
                                                            *
Hace muchas estaciones, el príncipe soñó que los dioses le hablaban. No recordaba mucho, su memoria estaba limitada por la monotonía de su vida, pero una frase se le quedó grabada: “alguien te libertará”. Esa promesa no tenía ningún sentido para él. El palacio era todo su universo;  aunque a veces se había preguntado qué habría más allá de sus muros, nunca sintió una auténtica necesidad de salir a descubrirlo.  Luego llegaron los visitantes, marcando el curso del tiempo. Fue por ellos que se dio cuenta de lo vacía que estaba su casa.
¡Claro que él era libre! Libre de  correr por donde quisiera, de comer y dormir en cualquier momento, de jugar con sus humanos tanto como deseara ¿De qué tendrían que liberarlo? No solía pensar en esto, ni en nada… pero la llegada del hijo del sol lo había trastornado.  Ya no podía comer ni descansar si no era su lado.
Por primera vez supo lo que era el miedo de romper a alguien.
                                                          *
Billeas estaba tumbado bajo la cúpula de cristal, con la mirada perdida en las estrellas. Tenía conocimientos de astronomía, y llevaba unos días haciendo cálculos del movimiento de los planetas en las interminables noches del laberinto. El Minotauro lo observaba desde su trono, siempre al acecho. Podía sentir su mirada recorriendo su piel desnuda, quemando desde lejos. Se giró de lado, perezoso, mientras la luna arrancaba destellos de sus ojos en la penumbra. Lo miró fijamente, dejándose contemplar. Quebró la cintura en un gesto sensual y se puso de rodillas. Sin romper el contacto visual, gateó despacio hacia el Minotauro. El tintineo de las cadenas contra el suelo acompañaba sus delicados movimientos. Cuando llegó a los pies del trono, levantó el rostro y lo miró con la más dulce expresión de súplica. Un suave gruñido fue la respuesta que esperaba.
Billeas se acercó, mimoso, frotándose contra  sus patas como haría un gatito. Lo acariciaba con devoción, sintiendo la fuerza de sus músculos y la textura prieta del pelo  que lo cubría. La bestia revolvió su cabello con las manos, bruscamente, incapaz de reaccionar de otro modo. Estaba arrebatado de emociones desconocidas para él, algo estaba cambiando. Apretó la mandíbula hasta hacerse daño, luchando contra el deseo de empotrarlo contra la pared y hacerlo pedazos en ese mismo instante.
Moviéndose con cautela, el joven siguió besando sus ingles, levantando el quitón,  dejando tiernos besos y lamidas en su enorme sexo. El Minotauro gimió con voz ronca, cerrando los ojos. Todo su cuerpo lo reclamaba: lo tomó violentamente de la cintura y lo subió a su regazo. Billeas jadeó por la sorpresa, sonriendo en la penumbra. Acarició su pecho hermoso y definido con la palma de las manos, llegando hasta los hombros y los potentes brazos que lo sostenían. Jugando, enredó los dedos en su barba y lo besó por primera vez.
—¿Quién eres? —preguntó el Minotauro, asombrado por el remolino de emociones que amenazaba con tragarlo.
—Soy Billeas —murmuró, abriéndose a sí mismo y dejándose caer, centímetro a centímetro, sobre el ardiente sexo del príncipe.
AAHH gimió al sentirse rodeado por su cuerpo. Torpemente, intentó una caricia, pero sólo consiguió arañazos sangrantes en su espalda.
¿Cuál es tu nombre, Minotauro? Ondulaba sus caderas con una cadencia casi musical, aferrándose a los cuernos de la criatura en busca de apoyo.
Mi madre me llamó Asterión jadeó, embriagado por el placer y los recuerdos.
No lo olvidaré lo prometo —con la brevedad del relámpago, Billeas le arrebató la daga que colgaba del cinturón, y hundió su hoja en la garganta de Asterión con todas sus fuerzas. Éste abrió sus ojos negros en pleno éxtasis. Se llevó una mano al cuello, y luego  le mostró la palma empapada de sangre al joven, como si no pudiera creerlo.
Eras tú… tú eras la libertad…Su voz era un trueno que quisiera murmurar. Tocó la cara de Billeas, dejando una mancha roja en ella, y con sus manos rompió la cadena de oro que lo ataba.
Te encontraré en el otro lado, Asterión. Allí no hay puertas, ni pasadizos negros de soledad y dolor —murmuró—. Descansa ahora, mi príncipe. El sufrimiento me ha enseñado que la única manera de combatir a los Dioses es ser tan cruel como ellos, pero te prometo aquí y ahora que nunca más acataré sus órdenes ¡Ni tú ni yo volveremos a ser víctimas de su maldad! —lo abrazó, apoyando la cabeza en su hombro, sintiendo los últimos latidos de su corazón.
Las estrellas parpadeaban más allá de la cúpula de cristal, la posición de los planetas era propicia. Desnudo y libre de cadenas, Billeas contempló a Asterión antes de partir.
Ahora somos libres musitó, sabiendo que ya no lo escuchaba.
Encendió una antorcha y se alejó del corazón del laberinto. Desde los restos de su túnica, tiraría del hilo que lo llevaría a la salida.
Tenía muchas verdades que decir y muchas cuentas que saldar.




[i] Túnica corta sin mangas que se ceñía a la cintura, propia de la antigua Grecia.



Comments

jeadore_a
Apr. 19th, 2015 11:55 pm (UTC)
Mi preciosa Archange, vos nunca, jamás, decepcionas.

Esta historia es absolutamente preciosa y desgarradora. Pude ver la dureza, la brusquedad y la soledad de Tom en cada palabra, el destino fatal de haber sido concebido como un castigo y detestado por lo mismo. Él jamás sintió cariño en esas ovaciones, solo temor y diversión morbosa. Su historia me rompe el corazón.

Y luego tenemos a Billeas, quien es bello, sensual y decidido, como el propio Bill, y sufre de su propio y angustiante destino.

"Se sentía perdido, abandonado por los mismos Dioses que debía honrar." Adoré esta frase, fue la que, junto con los granitos del reloj de arena, me empezaron a dar una idea de que esta historia es, después de todo, sobre el destino. Maravillosamente escrita, con tu estilo impecable y absolutamente precioso, que te atrapa con cada oración. Y, aunque hablas de libertad, me has hecho preguntarme si acaso no es una libertad destinada.

Al final podemos ver esa decisión de Billeas de comportarse como los Dioses y, sin embargo, no sé si tacharía de cruel su accionar para con Tom; lo suyo fue solo otra manera de demostrar amor.

Felicidades por tu primer furry, bonita♥ Espero a leerte pronto y que te animes a más♥

*la llena de besos*
archange_maudit
Apr. 21st, 2015 03:20 pm (UTC)
*Abraza muy fuerte a su Flor* <3

Desde el momento en que empecé a escribir, estaba deseando conocer tu opinión ¡Y no me puedo sentir más feliz con ella!

Ya sabes el temor que sentía de no hacer lo que me habían encomendado, de salirme demasiado de los márgenes y escribir cualquier cosa menos un furry. Gracias a ti entendí que ese Kink podía ser interesante, que a través de él podía hablar de cosas que me preocupan; como la dualidad entre libertad y destino, o la fina línea que divide a veces la crueldad con el amor más puro.

Gracias de nuevo por tu ayuda, por tu dulzura y comprensión.

Nos seguimos encontrando en las letras, cariño <3

*La llena de besos dulces*