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No. Esta es una declaración de mis derechos fundamentales e inalienables.

Y es que, tal día como hoy, revindico mi derecho a ser imperfecta. No soy una ecuación ni una sinfonía, mi naturaleza no es la perfección absoluta, ni la vida una carrera a corazón abierto contra mí misma.

Levanto la voz por mi derecho a tener un mal día. Me niego a protagonizar un anuncio de dentífrico cuando  tengo el alma aplastada contra el suelo y no encuentro un soplo de aire que respirar. No hay error en las lágrimas ni en las cicatrices, aunque el mundo entero te obligue a sonreír como si fueras gilipollas. No, hay momentos en que no quiero sonreír ni mirar la vida con optimismo ni gafas de color rosa. Tengo derecho a vivir mi dolor como me dé la gana.

Reivindico mi derecho a guardar aquello que amo en la burbuja de mi intimidad, a salvo de ojos curiosos y malintencionados. Me niego a mostrar mi vida en imágenes a un público desconocido aunque cada día la presión para hacerlo sea más fuerte. Del mismo modo tengo derecho a mis momentos de soledad y silencio, y a dar explicaciones sólo a quien lo merece. Tengo la potestad de cerrar puertas, de quemar mis naves y romper con aquello que no me haga feliz.

 Poseo el derecho inalienable de ser yo misma en todo momento, y a romper con la prudencia frente a los cínicos y los hipócritas. Puedo indignar o enojar a aquellos que no estén de acuerdo conmigo, la respuesta de los demás no debe limitarme. Del mismo modo tengo derecho a ser mi mejor amiga y mi peor crítica, a dar un par de gritos, a poner mala cara y a caminar despeinada por la mitad de la calle si así lo quiero.

Tengo el derecho a la locura, a vivir en mi propio mundo. Tengo derecho a ser rara y vulnerable, a enfrentarme al mundo sin la armadura aprendida de lo razonable, y luego a lamer mis heridas en un rincón, a levantarme y a comenzar de nuevo. Tengo derecho a amar con el corazón en la mano, porque es la única forma en que sé hacerlo, a pesar de las mentiras y los reveses del pasado.

 Me niego a respetar aquellos que difunden el odio y el miedo; no todas las ideas son igual de respetables. Me permito luchar hasta que las fuerzas me fallen, entonces me otorgo el derecho a descansar. Tengo derecho a ignorar a los dioses y sus mandamientos si entran en conflicto con los míos propios . Tengo derecho a crear mi propia conciencia y a guiarme por ella, también a escuchar cantos de sirena que envíen mi barco contra las rocas. Y luego rectificar, y salir del abismo, pues es el único modo de seguir adelante.

 Reivindico el chocolate, y los besos, y fruncir la nariz si algo no me gusta. Reivindicó la nostalgia, y la melancolía; los momentos cursis que nunca se olvidan, el ''horror vacui'', la mala literatura escrita con el corazón. Me permito exprimir aquello que me apasiona hasta la última gota, fumarme un cigarrillo al anochecer y charlar de madrugada aunque haya que trabajar al día siguiente. Reivindico mi derecho a disfrutar hasta de lo más pequeño , a dejar que la vida siga el curso que haya marcado el destino, a aceptar lo inevitable y a rebelarme ante lo que no lo es.
Reivindico mi derecho a no olvidar que soy frágil, hermosa y única, como todo ser humano. Que nadie es más que yo, pero tampoco menos. Que tengo derecho a ser todas las mujeres que soy, a desarrollar todas mis facetas y a experimentar y a descubrir hasta el último aliento.

 Tengo derecho a tener miedo, pero también a romper mis barreras. A ser radical. A vivir con todas las consecuencias.


Hablo por mí, pero lo hago en nombre de todos.


 En el último día de 2015.
Archange.









Spaces~ Bill/Tom - Oneshot (PG-13)

Resumen: Tom vive desde pequeño en un viejo faro perdido en mitad del océano. Una noche recibe una visita inesperada que cambiará todo su mundo.

 (Gracias a Haru por la chispa necesaria)





De pequeño, Tom vivía en un castillo circular.

Era un reino solitario el suyo, pero en su centro se levantaba un gran Torreón  azotado por los vientos. A veces, cuando su padre bajaba a recoger algunas redes que había dejado enganchadas a la orilla, subía la escalera de caracol y llegaba a la cumbre de su elevada fortaleza. Desde allí,  poniéndose de puntillas, divisaba todos sus dominios: la roca, el mar y el cielo.

La sombra de su padre faenando con las redes era diminuta en comparación a su reino. No era un hombre muy hablador, sin embargo sus manos de bronce  eran las únicas capaces de hacer brillar el gran diamante que coronaba la Torre. Cuando el sol se hundía en el mar, enfriándose lentamente, su padre activaba el fuego interior de aquellas mil facetas de cristal para que los marineros no echarán de menos la luz del día. Era el guardián de la luz, su padre.

La vida en la isla era muy dura: la comida escaseaba , pues sólo llegaba una barca cada dos semanas para llevarles  lo imprescindible. En invierno traían algo de ropa de abrigo y algunas mantas, además de libros de lectura básica y cuadernillos de ortografía. Si había suerte, un par de tabletas de chocolate.

Para Tom estas visitas eran un acontecimiento, la única ocasión que tenía de ver a alguien más. Muchas mañanas se levantaba pensando que su padre y él eran los únicos habitantes de la tierra, pero si la furia del oleaje y las nubes de tormenta que abrumaban el cielo lo permitían, la barquita de provisiones le recordaba que había todo un universo más allá de la isla, uno que su fantasía dibujaba de colores imposibles.

Pasaba las horas llenando de ensoñaciones cada rincón. Buscaba en viejos mapas, deslizando la punta del dedo sobre las letras y leyendo a trompicones los nombres de países remotos, saboreándolos como si fueran caramelos.

También le gustaba subir al pico del diamante, sobre todo las noches de verano, a contemplar la inmensidad del cielo estrellado. Levantaba la mano y jugaba a atrapar esas bolitas de luz fría y lejana, soñando que quizás, allí arriba, habría alguien tan solitario como él; alguien que en ese mismo momento lo estaría mirando como un reflejo inalcanzable. Ese pensamiento lo arrullaba hasta que se quedaba dormido.

A medida que crecía, su reino le parecía cada vez más y más pequeño, y la piedra negra de la isla cada vez más odiosa.  Los años habían agotado la niñez y el hechizo se había roto: La Torre coronada de diamante se había transformado en la triste lámpara de un faro, y su padre ya no era el guardián de la luz, si no un pobre diablo taciturno que lo había condenado al destierro.

Una noche de tormenta subió a la cima del faro. El mar se levantaba en olas  monstruosas, como si una bestia submarina se hubiese aliado con el vendaval y agitase sus tentáculos para adueñarse del océano. Se subió al borde de la balconada y cerró los ojos, dejándose llevar por el terrorífico silbar del viento que lo empujaba en todas direcciones. Levantó un pie en el aire, coqueteando con el abismo. Se sentía perdido, ansioso de vivir o de morir, de cualquier emoción que le diera sentido a lo que ya no lo tenía. Embriagado por la tormenta, la humanidad le parecía una masa sin rostro, absurda y lejana. Por esos seres que le atraían y a los que detestaba con todas sus fuerzas tenían que estar allí, vigilantes del mar, cuidando de sus vidas en las noches negras del Cabo. Malditos fueran.

De pronto, un intenso resplandor rompió la noche en pedazos . Un objeto inmenso cayó al mar con un con un estruendo que hizo temblar el suelo bajo sus pies. Sin dudar ni un momento, Tom bajó a saltos las escaleras de caracol y corrió hacia el acantilado que bordeaba la isla. No quiso despertar a su padre, que yacía enfermo hacía semanas. Ayudado por la luz del faro, vio como una gran bola de metal se hundía lentamente, mientras alguien chapoteaba a su lado luchando por sobrevivir. Se lanzó al agua negra y embravecida, y después de pelear contra las olas que intentaban arrastrarlo hacia el fondo, logró sacar el cuerpo desvanecido.

Una vez hubo recuperado el aliento, pudo ver con mayor claridad aquel hermoso ser que había rescatado. Su piel era parecida al nácar de las conchas marinas, tenía la cabeza completamente desnuda –Tom pensó que el cabello rapado sería la costumbre de alguna cultura extranjera–un cuello interminable y unas manos largas y delicadas. No sabía si era un chico o una chica —tampoco tenía demasiada experiencia para comparar— pero eso no le importaba.

“Quizás ha caído de alguna estrella’’, pensó.

Lo tomó en brazos y se sorprendió de lo ligero que era; fue muy fácil llevarlo al interior del faro y tumbarlo en su propia cama. Cuando se dio cuenta que en realidad no llevaba ropa, que era su propia piel la que lo recubría de un manto suave y resistente, se puso tan nervioso que no supo qué hacer. Lo contempló en silencio, fascinado por su extraña belleza. Dibujó el contorno de su cuerpo sin apenas tocarlo, del mismo modo que subrayaba las palabras cuando leía. Un fuerte magnetismo le hizo cosquillas en la punta de los dedos, provocando cálidos escalofríos en su vientre. Se sentía confuso, hipnotizado por el brillo iridiscente  que desprendían sus labios, sus párpados cerrados. Ya estaba a punto de avisar a su padre, cuando aquel ser abrió los ojos. Tom literalmente se olvidó de cómo respirar.

—Hola, soy Tom –le dijo cuando consiguió recuperar la voz. Aquella belleza lo miro con sus enormes ojos almendrados de color oro y no puedo seguir hablando. Se incorporó de la cama casi como si flotara. No parecía extrañado de despertar en aquel pobre faro, lo miraba todo sin emitir ningún sonido… Sin embargo la  finísima aura luminosa que lo rodeaba estaba llena de vida, se ondulaba en distintos colores y trasmitían una ternura tan intensa que atravesó a Tom de parte a parte. Sus labios no sonreían, todo su cuerpo lo hacía.

Se acercó a él sin apenas tocar el suelo. Sus ojos condensaban la luz de todas las galaxias que había contemplado de pequeño, y cuando acercó la mano a su largo cabello suelto apenas pudo contener un jadeo. Un placer inesperado recorrió su columna: Lo había tocado, y su pelo se elevó disparado en todas direcciones, como si le hubiesen dado un golpe de corriente eléctrica . Tom se rió con una mezcla de sensaciones que lo desbordaban.

– ¿Quién eres? – le preguntó, pero su única respuesta fue acercarse a un poco más y envolverlo en un abrazo. La ondulación de su energía se hizo más intensa, y una suave luz rosada los rodeo en una burbuja de intimidad. Tom sintió la ingravidez rodeando su cuerpo,  y el vacío que había estado a punto de devorarlo se fue llenando suavemente de esa luz. Una vía de comunicación sin palabras se había abierto entre ellos, un cauce de sentimientos que viajaban de un corazón a otro sin  toscos alfabetos, sin malentendidos, con la limpieza y la inmediatez de la conexión más pura. Hablaron de la soledad, de la espera en lugares remotos, del deseo , de la necesidad de sentirse completos, de la dicha de haberse encontrado. Todo era tan sencillo que no había dudas posibles, ni siquiera preguntas.

Al abrir los ojos de nuevo, Tom estaba en lo más alto del faro. Aturdido, igual que si hubiera salido de un largo sueño, miró a su alrededor… pero aquel bello ser había desaparecido. Tenía el recuerdo de una franja de luz que atravesó las nubes de tormenta y de una vaga despedida, pero la imagen tenía la consistencia en un sueño. El mar seguía embravecido y los rayos se recortaban en el cielo. Comenzó a llover. Tom levantó el rostro a la lluvia, saboreando las gotas de agua fresca que caían en su boca . Respiró profundo el aire cargado de electricidad y contempló desde lo alto de su atalaya la magnitud de la noche, la belleza salvaje del mar.  Se sintió real, vivo, parte de la roca y de las estrellas.

Era el guardián del diamante , aquel que velaba por la seguridad y la vida de las personas que, aunque no conocía, eran tan valiosa como la suya .

Había recuperado la magia y sabía –porque lo sabía en el fondo de sí mismo– que no estaba solo, que nunca lo estaría.

Un trocito de universo había caído en sus brazos para recordárselo.



Órbita cementerio ~ Tom/Bill -1/1 (NC-17)






Órbita cementerio


Aún no eran las cinco de la madrugada cuando Tom decidió dar la noche por terminada. Miró de nuevo a su alrededor, aburrido hasta el bostezo. El DJ residente insistía en machacarlos una y otra vez con la última canción de moda, y en la pista se amontonaban los mismos cuerpos de siempre, refregándose en posturas cada vez más obscenas.

Desde su observatorio —un discreto reservado en la zona alta del club— contemplaba aquellas figuras en escorzo bajo las luces intermitentes: los movimientos repetidos, de manos crispadas y sudor compartido de la multitud que baila. Agitando los dos dedos de whisky que quedaban en su segunda copa de la noche, jugaba a identificar un rostro entre aquel montón de muecas exageradas y maquillaje corrido. Sólo uno.

No sabía quién era, no todavía.

A veces el brillo de una mirada atrapaba su atención por unos segundos, pero enseguida una sonrisa estúpida o un gesto vulgar lo hacían apartar la vista, decepcionado. Siempre era igual: los mismos cuerpos anónimos, las mismas caras angulosas y desencajadas por los excesos.

Hastiado, dejo el vaso de whisky sin terminar en la mesita, frotándose las manos en el pantalón como si el ambiente del club hubiese tocado el cristal y contaminado su pureza. Se levantó y abandonó la zona VIP, dispuesto a marcharse. Un par de chicas de larga melena y aspecto sofisticado se acercaron a Tom, y con un gesto coqueto le susurraron al oído palabras como “champán’’, “privado’’, y “no te arrepentirás’’. No tuvo que mirarlas para sentir el crujido de sus máscaras de glamour cuarteándose y cayendo a pedazos sobre la moqueta. Logró ocultar su desagrado y las apartó con un gesto cortes, siguiendo su camino, despreciando la mirada de rencor que clavaron en su espalda. No había nada en ellas que pudiera interesarle.

Seguir en aquel lugar le empezaba a resultar insufrible. No era sólo el aburrimiento, o la decepción: era la oscura fealdad de todo lo que lo rodeaba.

A veces —una noche como cualquier otra— atisbaba una mirada, una sonrisa, que lo dejaba clavado en el lugar. Su boca se secaba de expectación, y desde ese momento no podía separar los ojos de aquellos que lo habían cautivado. Entonces su único deseo era tirar del hilo y conocer a esa persona que sabía brillar con luz propia entre la multitud . Era como buscar estrellas en el barro, pero a veces encontraba alguna. Era un momento raro y precioso, capaz de devolver la belleza a un mundo que la había perdido.

Y por eso volvía, a pesar de todo.


La música electrónica golpeaba sus oídos como un inmenso corazón metálico, provocando un trance colectivo donde las emociones se volvían urgentes, primitivas. Las lenguas y los cuerpos se enredaban al compás de un ritmo ensordecedor. Era demasiado grotesco para ser erótico, y los sentidos de Tom se rebelaban. Había llegado al club buscando un poco de belleza, un parpadeo de magia, pero una vez más había caído en su propia trampa. La pista de baile se había convertido en una masa de carne informe, plagada de tentáculos que se retorcían en el aire pegajoso y luminiscente. Las paredes —cubiertas de espejos negros— multiplicaba la luz del foco violeta que destellaba en los dientes, en los globos oculares de los danzantes.

Allí estaba de nuevo, flotando a la deriva en la órbita cementerio. Asqueado de mediocridad.

—Estáis todos muertos, pero no os dais cuenta –murmuró, aunque nadie se detuvo a escucharle—. Tengo que salir de aquí.

Atravesó la pista a grandes zancadas, empujando a todo aquel que se cruzara en su camino. Quería salir del club, aunque sabía que la órbita cementerio no terminaba en las puertas del local. Sólo un poco de luz le mostraría la verdad, lo desplazaría de la órbita… Sólo un poco…

—¡Oye, ten cuidado! —escuchó de repente, y al girarse un fogonazo lo hizo tambalear. Llevaba el pelo revuelto, la piel tatuada y un pliegue de molestia en los labios. Una supernova.

—Te encontré–le dijo en cuanto puedo hablar.

—No sabía que estaba jugando al escondite –su ironía atravesaba la música y se clavaba en el pecho sin dolor.

—Y yo no sabía que era a ti a quien buscaba –se encogió de hombros, deslumbrado. Era la verdad –. Salgamos de aquí.


                                                                            *


Bill se reía como una foca bebé de casi dos metros, sobre todo cuando se drogaba. En esos momentos las cosas punzantes  —el pasado, el miedo, algunas fotos— se alejaban hasta perderse de vista, y un cosquilleo le nacía en la punta de los dedos de los pies e iba subiendo poco a poco hasta los labios, estallando en carcajadas.

La marihuana lo volvía perezoso y ondulante como el humo. Se dejaba abrazar con una sonrisa lejana, buscando los últimos rayos de sol para desperezarse al modo de los felinos antes de salir de caza. El humo le hacía sentir la piel esponjosa, y le encantaba rodar por una alfombra suave y peluda que encontró en el lujoso apartamento de Tom, sólo por sentir su tacto.

El alcohol lo ensombrecía, sacando su lado más irritable y depresivo. Su casa —un pequeño piso que compartía con una planta algo mustia y un gato callejero que una noche se encontró jugando en su balcón— se convertía en fortaleza frente a todo lo que no fuera soledad. En realidad nada era suyo, salvo su ropa y algunos cachivaches con el tiempo había ido acumulando: la planta era de un amigo y Gato –que así lo llamaba—vivía su propia vida por los tejados y sólo aparecía para comer o buscar algunos mimos . Ese acuerdo era perfecto para alguien como Bill

El cristal le gustaba en ocasiones, sobre todo horas después de sobrevivir a sus pesadillas. Lo fumaba en una pipa de vidrio azul que había robado —un simple capricho— en una de las fiestas a las que acudía como modelo ocasional. Lo aspiraba despacio, casi saboreándolo, hasta que el efecto burbujeante aceleraba su sangre a límites imposibles. Segundos después  cada parte de su cuerpo parecía encajar en una maquinaria perfecta; la mente se aligeraba, limpia y enfocada como un instrumento bien afinado.

Bailaba descalzo por la casa, amontonando su ropa sobre la cama y probándose cientos de accesorios frente al espejo hasta decidir cuál sería el conjunto más acorde a su humor, el más divino y extravagante para quemar la madrugada en el club. Pero no era suficiente. Al amanecer acorralaba a Tom contra la pared de su apartamento —“Fóllame duro, ahora”— y lo volvía loco de besos y mordidas hambrientas, pidiendo más y más violencia en cada estocada. Se sentía fuerte y deseable… Tan distinto del chico aterrorizado que se había despertado gritando en mitad de la noche porque un nido de gusanos ciegos se habría paso a través de su vientre, devorándolo por dentro.

Luego se hacía un ovillo desbaratado sobre el cuerpo de Tom y entonces, sólo entonces, conseguía descansar.

Antes de él, la calma era un hilo sangre bajando por sus piernas, una cuchilla de afeitar marcando finas líneas  en cualquier rincón de su piel que la ropa pudiera ocultar. Después, era la forma en que Tom lo contemplaba. Era mejor que la droga, mejor que el sexo con cualquier otro.

—¿Por qué me miras siempre así? —le decía, sorprendido, al abrir los ojos y encontrarse con su mirada. Ocurría desde el momento en que se encontraron: Tom lo observaba como si quisiera beberse su belleza a sorbos. Cada momento, cada faceta o estado de ánimo quedaba registrado tras sus ambiciosas pupilas. Fue esa intensidad la que le atrajo como la llama a la mariposa—. Ojalá mi espejo me viera como tú —bromeó.

—Caminas de puntillas sobre la órbita cementerio —afirmó, impenetrable como una esfinge—. Yo me hundo en ella cada vez más, por eso me siento a salvo a tu lado.

Bill no entendía del todo esa fascinación, pero se sentía halagado y sonreía con algo de timidez. Entonces se entregaba de nuevo a las caricias de Tom, tan profundas, que al recorrer su cuerpo lo investían de fuego y lo purificaban de toda imperfección. El placer arrasaba su conciencia, llevándolo lejos, muy lejos, a una nueva realidad sin pesadillas.

—¿Quién salva a quién? —murmuraba entre sus brazos, antes de caer dormido.


                                                                            *

Desde los amplios ventanales de su despacho, Tom fumaba, observando a la multitud que abarrotaba las calles. Eran las horas previas a la noche de Halloween y la gente corría  de un lado a otro, disfrazando su insignificancia de insecto con trapos mal cosidos. Él podía verlos tal como eran, seres grises y corrompidos, arrastrando por el asfalto sus pequeños sueños, sus absurdos amores.

Le dio una última calada al cigarrillo, eligió una de las alienadas cabecitas que pululaba tras el cristal y lo aplastó contra ella. Una quemadura negra y redonda apareció en la ventana. La cabecita siguió pululando, alejándose al ritmo que su rabia aumentada. Con un gesto de desprecio, se apartó de allí y cerró los ojos. Necesitaba escapar.

Entonces recordó a Bill, su rostro desencajado por el orgasmo. Se aferró a esa imagen con todas sus fuerzas, dibujando en su mente cada detalle. Tom amaba su belleza doliente —quizás por eso verdaderamente hermosa— en cualquier circunstancia, pero en la cima del placer todo su cuerpo resplandecía y sus ojos parecían buscar la luz de un mundo invisible. En ese instante su belleza rompía todos los parámetros. Y era suya. Siempre sería suya.

No quiso resistir la tentación de acariciarse hasta llenarse las manos de semen. Se sentía mejor.

La tarde caía y cada vez había más gente en la calle. El cristal blindado lo aislaba de sus voces, pero aún podía ver sus bocas torcidas en gritos o risas, los besos nauseabundos que compartían tras las máscaras. Seguían allí abajo, hundidos en el barro de su propia mediocridad. Ahora incluso sintió lastima por ellos.

Miro el reloj. Bill lo esperaba en el Hotel Ritz; había reservado una suite y cena para dos. No podía llegar tarde.

      
                                                                            *



El universo es un niño de cinco años disfrazado de gatito al que han envenenado los caramelos de Halloween. Ésa era la única lógica que Bill conocía, y aquella noche la arrastraba como una pesadumbre que apenas podía manejar.

Atravesó las calles abarrotadas de zombis y diablesas de labios rojos y cuernos de azúcar. Las voces se mezclaban con gruñidos y algunos gritos que pretendía ser escalofriantes , pero también con risas y canciones. Eran esas carcajadas las que le hacían dar un respingo de inquietud cuando sonaban de improviso. Quería sorprender a Tom: llevaba un bonito antifaz coronado con plumas y se había maquillado para la ocasión. Utilizó la máscara de pestañas y  el ligero brillo labial como un exorcismo para sacarse el poso amargura que le había dejado la pesadilla de aquella noche. Una de las peores.

Al llegar al hotel se sintió inmediatamente atraído por el lujo de los mármoles y las lámparas de cristal. El Ritz era un escenario tan suntuoso que de pronto se sintió fuera de lugar con sus zapatos de imitación y el antifaz que él mismo había fabricado con lentejuelas de una chaqueta vieja. Se sintió excluido, sucio como su pasado , como aquel niño al que habían roto entre dulces y regocijo. Pero era hermoso, y lo sabía, así que levantó la cabeza y se acercó a recepción con la elegancia de un príncipe destronado.

—Me esperan en la suite Regencia. —Su sonrisa altiva ocultaba un ligero temblor. Recibió la llave y la apretó con fuerza en su mano—. Gracias… Y no olviden subir un par de botellas de champagne helado. Hoy es un día para celebrar.


                                                                              *




Tom era de esos tipos que no se conformaban. A la mayoría le bastaba con sentarse junto a la ruleta del destino y esperar a que la bola cayese en rojo o en negro, en vida o en muerte, en infierno o en paraíso. La bolita blanca giraba y giraba, mientras unos se arrodillaban a rezar y otros simplemente cruzaban los dedos, soñando con vencer en su particular apuesta. Eso era todo.

Tom sin embargo era el Crupier de su propio juego. En un mundo masificado de mediocridad, de peleles cargados de resignación o de culpa, él lanzaba la bola con la ruleta siempre en movimiento, y si había que hacer trampas para ganar, nada le impedía poner una palanca bajo la mesa.

Quizás por todo eso tenía a Bill allí, sentado en el suelo de la suite, con la camisa abierta, el antifaz sobre la frente y una botella de champagne en la mano. Su risa aguda y un poco tonta llenaba la habitación, pero sus ojos  estaban encharcados de tristeza.  Nunca había estado más hermoso. Tom se sintió trastornado por la complejidad de su belleza, necesitaba apoderarse de ella con ojos, manos y dientes.

Lo empujó contra el suelo, arrancándole a tirones los estrechos pantalones y la camisa. Los besos fueron violentos desde el principio.

—Haz que duela —pidió Bill en un susurro, aferrándose  a su cuerpo ansiosamente, devolviendo cada caricia—. Que duela…

Tom se incorporó, y poniendo las manos en sus rodillas le abrió las piernas. Lo contemplo desde arriba, fascinado por cada tatuaje, cada cicatriz. Bill, con el rubio cabello revuelto  en la alfombra , se desperezo frente a él, ofreciéndose, exponiendo algunos cortes cerca del pubis que aún estaban frescos. Tom hizo presión con el pulgar sobre las heridas hasta que Bill jadeó y sus ojos se llenaron de lágrimas . Luego los saboreó con la lengua y los besó, deleitándose con el temblor de su cuerpo.


—Sácame de aquí… llévame… —Bill cerró los ojos ante el primer espasmo de placer . Sentía los gusanos de su pesadilla masticando el interior de su vientre , el sabor de los caramelos envenenados en la boca . Era un dolor tan inabarcable que ninguna herida podría acallarlo.

De pronto se sintió lleno ¡Y cuánto lo deseaba! El sexo de Tom era avasallador, tanto que a la primera embestida lo hizo gritar.


—Te voy a destruir  como si te amara, Bill —murmuró contra su boca , empujando con fuerza en su interior. Tom miraba su rostro sonrojado, las pestañas húmedas Y ese suave resplandor que comenzaba a envolver sus facciones—. No tengas miedo…

—No… —agitó la cabeza en la alfombra— Dámelo —. Clavó las uñas en su espalda al sentir los mordiscos de los gusanos atravesando la piel, abriéndose paso a través de agujeros sangrantes. Hubiese querido aplastarlos uno a uno, o mejor aún, aplastar su propia cabeza, hacerla un montón de pedazos incapaces de soñar, de recordar.  Un latigazo de placer agitó su respiración.

Tom le mordió los labios, acariciando su cuello con ambas manos. Bill alzó los brazos y giró el rostro, entregándose por completo. Su sexo goteó de anticipación, anestesiando el dolor de los gusanos en su vientre . El pasado comenzaba a diluirse en una bruma espesa.

—Déjame verte…—acarició con brusquedad la línea de la mandíbula con los pulgares, atravesando su cuerpo con una fuerte estocada . El rostro de Bill se llenó de luz. Estaba cerca.  Pulsó la yugular con sus dedos, sintiéndola latir frenéticamente. Su belleza aumentaba por segundos.

Bill gimoteó de alivio cuando los gusanos desaparecieron, dejando su piel blanca y lisa como la de aquel niño que fue una vez . Una nueva oleada de placer le hizo apretar los dientes;  el temor comenzaba a disolverse, y la rabia, y la desesperación. El pequeño de cinco años iba montado en un barquito velero, y una corriente dorada lo arrastraba cada vez más lejos , a un lugar que apenas podía intuir.


—Llévame… quiero ir allí…—rogó, con un puchero casi infantil y los ojos más tristes que Tom hubiera visto jamás . Las manos rodearon su cuello, apretando despacio, con mimo.


—Te llevaré, ya no habrá más  pesadillas —siguió apretando, cortando el paso del aire. Se balanceaba en su interior, en un deleite íntimo y profundo. Los ojos de Bill se abrieron, radiantes como estrellas negras  Sus gemidos fueron entrecortados, escasos de oxígeno. Con los labios entre abiertos buscaba un poco más de aire, un sorbo más, perdido en un placer delirante  cuya luz, cada vez más intensa, Tom  engullía con la mirada. De pronto su rostro se crispó y levantó las manos, las pupilas extraviadas.

El pequeño que ascendía por el río dorado estaba a punto de alcanzar la orilla. Ya podía sentir el perfume de las flores, la tibieza del sol en sus mejillas . No recordaba su nombre y eso lo hizo sonreír. Estaba de vuelta.

Tom dio una última estocada y Bill estalló como una supernova: lo que siempre fue. En ese instante el universo se detuvo: en plena cumbre del placer se desató la más alta expresión de su belleza. En ese infinito micro segundo, el hombre que odiaba la vulgaridad del mundo había tenido entre sus manos la más sublime y deliciosa visión que un ser humano hubiese disfrutado jamás. Había acabado con su vida como un alquimista capaz de transfigurar la belleza; ahora sabía que no era sólo una fantasía, que era posible conjurar una hermosura más allá de lo terrenal.

Tendría que seguir probando, quizás más adelante… Pero por el momento la imagen de Bill en el frágil instante de su propia muerte sería el antídoto perfecto
contra la podredumbre de la órbita cementerio.






(Gracias a mi Flor por la imagen 💙)








Siete años, Bill y Tom.

26 años cumplen hoy mis gemelos, mis juguetes, mis niños que ya no lo son.

Miro sus ojos y aún los reconozco. En realidad no han cambiado, sólo han intensificado sus rasgos y se han hecho aún más ellos mismos. ¿Cómo reprocharles algo así? Yo también soy diferente a la chica que abrió tal día como hoy este rinconcito virtual, la que rompía su burbuja de timidez para empezar a formar parte real del fandom. Eran momentos de euforia, de estrellas rutilantes en el cielo, de multitudes enfervorizadas . Me pregunto qué habría tras esas rastas rubias, esos ojos profundos y maquillados. Ahora entiendo que juntos libraban una batalla contra el mundo, y que sólo tenían dos armas: en una mano la dulzura, en la otra el sarcasmo. Unidos se sentían capaces de todo, pero tras el telón las cosas siempre fueron difíciles. Contratos leoninos, explotación y una tierra prometida en USA que nunca llegó.

Siete años después  nuestras estrellas errantes no han pedido fulgor, aunque quizás se ha reducido su espacio en el firmamento. Esa mezcla de transparencia y misterio que los envuelve sigue cautivando mi fantasía, y aunque estoy contenta y orgullosa de cada uno de los momentos que hemos compartido, empiezo a pensar que quizás, sólo quizás, este debería ser nuestro último aniversario.

Gracias por todo, mis queridos gemelos. Gracias por la música, la inspiración, la intensa emoción y cada persona que se ha cruzado en mi camino virtual durante estos siete años . Gracias por el amor, nunca os lo agradeceré lo suficiente.

 ¡Sigan dejando su huella en la historia durante muchos años! ¡Y sean muy felices!






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Mi Jeadore b-day <3

A pocos minutos de tu cumpleaños mi querida jeadore_a, quería dejarte unas palabras para desearte  todas las maravillas que te mereces. He venido aquí, a mi antiguo diario, porque me recuerda mucho a ti, a nosotras, y al momento en que nos conocimos. Desde el primer momento me encantó tu forma de escribir, pero luego te conocí como persona y el afecto no hecho más que crecer hasta este segundo.

Ahora que has empezado un camino nuevo, que estás ilusionada con un nuevo proyecto, sólo deseo que este cambio de dígito que vas a vivir te traiga con él todo eso que tú sientes que te falta para que tu vida sea completa. Que no te abandone la salud, ni el amor que te rodea, y sobre todo que sigas siendo la gran persona que eres. Desde aquí, todo mi cariño y la mejor energía 💙

¡FELICIDADES MI FLOR! 💙💙💙💙

Te quiero 💋



Este es el resultado de un intercambio que organizó el Grupo de Autores, y del que me alegro haber formado parte. Gumii me puso en la tesitura de escribir furry, algo totalmente nuevo para mí. Al principio me sentía insegura, pero gracias a (las muy pacientes) Haru jeadore_a y Flor <3 fui atando cabos y llevando el kink a mi terreno.

Quisiera agradecer muy especialmente a Haru, con la que comparto pasión por la mitología entre otras muchas cosas, y que me regaló la imagen que ha sido mi inspiración.




Billieas, un joven ateniense, es llevado a Creta para convertirse en una ofrenda para el Dios Oscuro que habita en el laberinto.

MINOTAUROCollapse )



Mi Yinn B-day <3

Una vez más, volvemos al punto de partida.
Un año más, escribo un puñado de palabras en el lugar que nos conocimos.
Y cada año es distinto, y a la vez lo mismo.

Mi wannabemeraki : Comenzaste un LJ como una niña prodigiosa, y poco a poco has ido creando la persona que eres y acercándote cada vez más al user que elegiste cuando ibas a mitad de camino. Siempre has "querido ser", y cada día eres más y más ese ideal que parecía inalcanzable.

Te quiero muchísimo, y tú lo sabes. Suerte, salud y mucha inspiración y amor en esta nueva etapa que está a punto de comenzar.

No olvides que siempre (! SIEMPRE!) tendrás a tu Yann.

¡MUCHAS FELICIDADES!

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Ganadora (?)

Lo más probable es que esta entrada se convierta en otra aburrida reflexión que no interesa a nadie más que a mí, pero ya es hora que este diario se comporte alguna vez como tal.

He ganado el concurso de relatos. Es un premio modesto otorgado por un pequeño ayuntamiento, no es gran cosa si lo comparamos con el mundillo literario. Sólo somos algunas personas que cada día vamos a nuestro trabajo o estudios y que un día deciden sentarse a escribir un cuento de terror. De todos ellos, el jurado ha elegido el mío. No hay premios económicos ni grandes fiestas, pero mañana muchos ciudadanos se van a reunir en la biblioteca y el ganador (yo, en este caso) va a tener la oportunidad de leer en público su historia, de sentir en directo la reacción que provocan sus palabras en la gente. No puedo imaginar un regalo mejor. Es cierto que al final hay una pequeña recepción y un obsequio para el autor, pero (seguro que ustedes me entienden) es lo de menos.

Es la primera vez que me presento a algo así, y si mi hermano no hubiese estado insistiendo durante días no lo hubiera hecho. Amo escribir, mejor dicho, no podría vivir sin hacerlo. Es una droga, una terapia, una vocación. No tiene que ver con competiciones ni con podios; en cualquier caso se trata de un reto con uno mismo. Sólo tú te quitas y te pones las medallas que realmente importan cuando se trata de escribir. Quizás por eso la palabra "ganadora" me resulta tan extraña, como si no me perteneciera. Ahí está, impresa en esa carta que me han enviado con la cita de mañana, y por más que mirarla me haga sonreír no acabo de entender bien lo que significa.

Ganadora.


Justamente ayer escribí un microrrelato que explica lo que para mí significan las palabras, la conexión y el amor que siento por ellas. Son palabras las que nos construyen, las que reflejan nuestra visión del mundo, las herramientas más volátiles y hermosas con las que contamos para comprender el universo. Son uno de los motores de mi vida y las alas de mi libertad.

Soy una ganadora, si. Cada vez que abro un word en blanco y logro crear algo donde antes no había nada; también cuando sufro bloqueos que me desesperan, cuando leo historias increíbles disfrutando como una niña y pensando "olvídate de escribir jamás algo así" o cuando las palabras fluyen como escritas al dictado. Estoy ganando cada vez que me miro en el espejo de otro autor, o cuando descubro algo de mí que desconocía a través de un texto cualquiera, o cuando al compartir mis fantasías alguien se siente identificado con ellas.

Soy una ganadora, y no voy a olvidarlo.

Gracias, Lanjarón.




''Soñaban con ser oraciones coordinadas en un mundo de grises subordinadas. Su encuentro textual las fundió en una hermosa copulativa, y juntas le dieron a la narración un sentido nuevo.'' #Microrrelato



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6º Aniversario/ 25 años

Mis twins, mis juguetes, mis niños, cumplen 25 años.
Los conocí con 18, cuando Bill era una princesa andrógina llena de fuerza sobre el escenario, y Tom un chico seductor de rostro delicado y rastas rubias. Desde entonces han cambiado mucho. Pero no sólo ellos, yo también he cambiado.

El tiempo pasa para todos, y nos va moldeando según los caprichos del destino. Algunas veces he querido dejar el fandom, pero al parecer llevo una cadena demasiado fuerte como para romperla xD Ya que no puedo escabullirme, me he propuesto disfrutar como nunca del lanzamiento del nuevo disco... Y sobretodo escribir. Escribir todo lo que tengo pendiente y publicar al menos dos capítulos cada mes a partir de hoy mismo. Sólo espero que mis musos no me decepcionen y que la voluntad no me falte.

Así que, por el hermoso pasado y por las emocionantes incógnitas del futuro...

¡MUCHAS FELICIDADES KAULITZ TWINS! (Y también para mí :D )


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